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El hijo pródigo

Lo sé. Casi un mes sin escribir. No hay excusa que valga: se suponía que iba a luchar contra la tentación, que debería haber vencido la tenacidad con la que la desidia merma las ganas de hacer cosas... Pero no. Casi un mes sin escribir. Como ya he dicho, no tengo excusa, ni tampoco disculpa. No obstante, y por si sirve de algo, diré en mi favor que he estado atareado con las clases y con un principio de depresión post-ruptura y pre-reconciliación que no me ha dejado tiempo ni para rizarme las pestañas.

En cuanto a Jorge, poco nuevo hay que decir. Lo he vuelto a ver en Ficción: esta vez no me fui a casa con las orejas gachas, pero tampoco pude actuar con normalidad durante el resto de la noche. Estuve tenso e intranquilo y no conseguí serenarme hasta que me metí en la cama, encendí el Ipod y me dormí escuchando lo nuevo de Rufus Wainwright. Sin embargo, poco a poco voy asumiendo que Jorge nunca volverá a formar parte de mi vida. Cada vez miro menos el teléfono esperando noticias suyas. Creo que voy aceptando que esos mensajes que anhelo nunca llegarán.

Todo esto me ha hecho replantearme seriamente mi vida. Me gustaría ser menos vulnerable, poder acostarme con un chico diferente cada noche y olvidar su nombre antes del primer cigarrillo, ser capaz de sonreír y bailar como el que más, despreocuparme, ordenar por estratos mi mente y enterrar muy abajo lo que no me conviene para que no moleste... Pero ésa no es mi personalidad. Yo no soy así.

Yo me despisto cuando oigo música, sonrío a los desconocidos, me apiado de los gatos piojosos, siento celos de los niños pequeños, extraño a gente que me ha olvidado, perdono a los que no se lo merecen, lloro cuando no me conviene, me sonrojo en público, titubeo, abuso del azúcar, escribo para no pensar.